Si me hubieran dicho hace 25 años lo que implicaba hacer los malabares de ser freelancer, mujer, jefa de familia y madre de mascotas, quizás no lo habría creído. A mis casi 45 años, he descubierto una triste realidad en la industria creativa: entre más sabes, menos te escuchan y más te desgastas. De hecho, las estadísticas confirman lo que vivo a diario, pues el 82% de los profesionales mayores de 45 años han sufrido discriminación por edad en el ámbito laboral.
Me he topado con clientes que, en su afán de supuestamente modernizarse, pierden por completo las formas. Te dictan qué hacer y cómo ayudarlos sin querer invertir un solo peso, dejándote con promesas de trabajo que nunca llegan. Quieren que les entregues el santo grial del diseño, mientras te exigen que edites, hagas web, animes y redactes copy. Te echan encima más de tres perfiles profesionales por una paga mínima, una injusticia que se refleja en la brecha salarial global, donde las mujeres freelancers ganamos hasta un 28% menos que los hombres.
A eso súmale la falta de visión corporativa. Como freelancer, estás obligada a tener el equipo más moderno y costoso para hacer frente a esos desafíos, inversiones que los propios empresarios se niegan a hacer en sus equipos internos porque prefieren ahorrar donde más les duele. Si invirtieran adecuadamente en mantenimientos y equipos de última generación, el trabajo que tanto demandan saldría mucho más rápido.
Pero lo más aterrador es la barrera de comunicación. Nos enfrentamos a empresarios que con su corto entendimiento y amplia experiencia en “ventas” no saben hablarle a un creativo y, peor aún, no saben QUÉ pedirle. Te atinan a decir el temido “no me encanta, pero no sé qué es… lo sabré cuando lo vea”. Mientras tanto, tú exprimes tu cerebro, tiras de todos tus recursos y desgastas tus neuronas creando algo que funcione, venda e impacte, solo para estrellarte con su indecisión. Todo esto genera un desgaste emocional y una frustración profesional gigantesca. Además, la carga no termina en el trabajo; ser madre de mascotas implica un trabajo emocional y logístico adicional que recae desproporcionadamente sobre nosotras, con un 81% de las mujeres asumiendo las responsabilidades diarias de su cuidado.
Afortunadamente, también he conocido el otro lado: clientes atentos y amables que pagan lo justo (o hasta más) por un solo perfil profesional, y entregan instrucciones tan claras, precisas y bien redactadas que hasta deseas enmarcarlas. Ellos me recuerdan que el problema no es mi edad ni mi experiencia, sino un mercado que debe aprender a comunicarse y a valorar el verdadero costo de la creatividad. Ya es hora de que nuestra voz y nuestra pericia dejen de ser invisibles.